.
.
Haciendo uso anticipado de la eternidad que nos espera, recorro la historia de la soga que abandonaron luego de descolgar al suicida, del lugar donde la guardaron.
Me inclino en reverencia ante la vida,
ante la alegría, el amor y la amistad,
y me pido perdón por despreciar reiteradas veces la belleza de la soledad,
el amor de los colores,
el reconocimiento de la calma de una mañana o la lentitud de un atardecer,
la atención,
a veces olvidada entre los apuros de los logros vanos y las ambiciones mundanas,
de las relaciones de siempre,
de los perros,
de los árboles del arroyo,
de los no presentes,
en su historia, en su soga, en su intento cotidiano por lograr la felicidad,
era acá, era simplemente por acá.
.
.